Editorial

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jesús rodríguez lenin Gracias, señor Mortier

El 18 de septiembre de 2010 los asistentes al estreno en el teatro de La Abadía de "Solo", espectáculo del coreógrafo y bailaor flamenco Israel Galván, se frotaban los ojos para comprobar que no estaban soñando, que seguían en Madrid y que no se encontraban ante un photo call del Lincoln Center de Nueva York. Allí estaban Gerard Mortier –que pocos meses antes había debutado como director artístico del Teatro Real–, Marina Abramoviĉ –la artista de performance más importante del mundo–, Antony Hegarty –líder de la banda Antony and the Johnsons– y el legendario creador teatral norteamericano Bob Wilson. Fue entonces cuando se tuvieron las primeras noticias del proyecto escénico que más expectación internacional ha levantado en los últimos años, "Vida y muerte de Marina Abramoviĉ", un montaje que este mes de abril ha llegado al Teatro Real de la capital de España, después de estrenarse el verano pasado dentro del Manchester International Festival.
Se dice que en los últimos meses, por primera vez en su historia, la programación del Teatro Real de Madrid ha atraído a los grandes críticos internacionales de ópera. Ha sido con "Vida y muerte de Marina Abramoviĉ". Antes, con el "San Francisco de Asis", de Olivier Messiaen, en el Madrid Arena. Hace escasas semanas con "C(h)oeurs"… A Mortier hay que agradecerle, sobre todo, el interés que está despertando su programación en una generación verdaderamente joven, alérgica al tufo rancio que desprendía el recinto de la plaza de Isabel II.
También recientemente, el nuevo programador de los teatros públicos de la capital, Natalio Grueso, ha afirmado querer "convertir Madrid en una de las grandes capitales culturales del mundo". El poco tiempo que el australopitecus de Álvarez Cascos le dejó operar al frente del Centro Niemeyer (un centro inaugurado, hay que recordarlo, el 25 de marzo de 2011) fue suficiente para que bastantes representantes de la cultura internacional de primer orden supieran de la existencia de una ciudad diminuta como es Avilés.
De natural pesimista, sabiendo que no es mejor momento para este tipo de propuestas de vanguardia y que el presupuesto que le han ofrecido a Grueso –25 millones– no permite florituras, si quiero entrever que, al menos, hay voluntad de "internacionalizarnos" y, también, talento para lograrlo: lo que hace falta es que la una encuentre al otro. Hay tanta incertidumbre en las circunstancias que nos está tocando vivir que no podemos permitirnos ir a lo seguro, porque estamos comprobando que no hay nada seguro. Al contrario: las artes escénicas españolas (y en ellas incluyo a la ópera) necesitan desarrollar nuevas formas de manifestarse de cara al futuro y eso pasa, por supuesto, por nuevos compositores, nuevos dramaturgos, nuevos coreógrafos, nuevos escenógrafos, nuevos figurinistas, pero también por proyectos valientes, desarrollados por grandes artistas visuales, actores y cantantes. Ahí estará el público. Y vuelvo al ejemplo de Bob Wilson y "Vida y muerte de Marina Abramoviĉ": Antony no es, en ningún caso, ni falta que le hace, un belcantista, pero nos muestra un ejemplo de emotividad no exenta de lirismo que, junto con los talentos y personalidades de Wilson, Abramoviĉ y Dafoe han convertido este espectáculo en una auténtica ópera, pese a todas las diferencias con el canon wagneriano, verdiano o rossiniano que tanto sigue pesando entre los viejos abonados del Real. Y con todas las entradas para sus diez representaciones agotadas (bastantes de las de platea al disuasorio precio de 90 euros).
La necesidad aguza el ingenio y si se bucea en las aguas profundas de la vanguardia y el underground a lo mejor se encuentran los nombres de veintitantos años que dentro de cincuenta se sigan considerando "vanguardia". Tenemos que evitar seguir desperdiciando nuestros talentos. Tenemos que impedir que Juan Domínguez tenga que vivir y trabajar en Berlín, que Rodrigo García no sea un extranjero en la que es su casa, o que Mateo Feijoó no tenga que abandonarnos escaldado tras su paso por La Laboral.

Jesús Rodríguez Lenin
editorial@elespectaculoteatral.es


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