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No tenemos nada que perder
En pocos días comienza en Mérida una edición del Festival Internacional de Teatro Clásico que puede servir de punto de inflexión para una forma de hacer las cosas en el sector profesional de las artes escénicas. El famoso modelo de gestión mixta entre lo público y lo privado, del que tanto hemos oído hablar desde hace ya varios meses, va a demostrar o no su viabilidad antes de que acabe el verano. Ni que decir tiene que hay mucho en juego. Sin pretender ser agorero, pienso que lo que está por ver es, ni más ni menos, si la profesión tiene futuro.
Los ayuntamientos ya han comenzado a pagar sus deudas…, pero son pocos los que siguen generando actividad, con lo que el problema de todas las compañías o distribuidores (y todos los sectores profesionales asociados) ya no es cobrar, que algunos lo están consiguiendo, sino seguir facturando en el futuro más inmediato. Sigo pensando que lo que tenemos que procurar es seguir trabajando y para ello, a falta de ayuntamientos, habrá que buscar otras soluciones. Pueden ser patrocinadores –que imagino que es aún más complicado que lograr bolos en teatros municipales–, pero hasta que no haya una Ley de Mecenazgo que no sea al gusto del Ministerio de Hacienda, sino al de sus posibles usuarios. O puede ser, también, el modelo de compañías en residencia por el que aboga nuestro colaborador Robert Muro en estas mismas páginas y en el pasado número 73 de la revista. El único inconveniente que le encuentro a la brillante propuesta del querido Robert es que, una vez más, depende de la voluntad de los políticos, y en estos, no sé por qué, cada vez confío menos…
Pero, incluso, con la buena voluntad política, esta solución precisaría también –sintiéndolo mucho– de la taquilla. No soy yo el que se empeña en hablar de la taquilla, es la bofetada diaria de la realidad la que lo dice: "tanto vendes, tanto vales".
Sé que vincular las posibilidades de supervivencia de las artes escénicas españolas a la gestión privada de espacios públicos es una posición "políticamente incorrecta", pero pienso, sinceramente, que en las actuales circunstancias es la única que tenemos. Lo que "debiera ser", no me canso de repetirlo, no quieren hacerlo nuestros políticos, así que queda descartado, salvo que mandemos a la tumba de una puñetera vez a la actual casta dirigente. No hay nada que discutir, nada que dialogar, nada que intentar razonar con las administraciones: lo que les entra por un oído les sale por el otro, a no ser que haya dinero de por medio. Cambiar pasa, indefectiblemente, por una transformación del modelo político tan brutal que se necesitarían varios lustros para que pudiéramos percibirlo.
Yendo de lo ideal a lo posible, hay que convenir que Pentación ha hecho una apuesta muy arriesgada al encargarse de la dirección de la quincuagésimo octava edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, porque si las cosas salen bien, el principal beneficiado es el propio patronato que convoca el festival, pero si salen mal… Si salen mal, es Pentación la que corre con las pérdidas. Las económicas y las intelectuales, ya que buena parte de su discurso sobre las posibles soluciones a esta crisis ha gravitado sobre este modelo de gestión.
Personalmente, confío en el éxito de esta edición. O, más bien, quiero creer en su éxito: sería la única buena noticia en un panorama desolador. Al menos abriría una ventana de relativo optimismo y podría dar a entender que ese mismo pacto entre empresas y administraciones se puede aplicar a otros ámbitos. Los recintos, afortunadamente, siguen ahí y aunque esté muy bien decir hay que "hay que exigir a la Administración que se usen", nuestras exigencias se las pasan también por el arco del triunfo:: si los teatros y los maravillosos auditorios de que disponemos están a nuestra disposición no es por el afán cultural de los mandamases, sino por las comisiones subterráneas del negocio del ladrillo y sus precios inflados que se les quedaban entre las uñas.
Si el modelo tiene éxito, las compañías tendrán que unirse a continuación y ofrecer programaciones que resulten atractivas: ofertas que ningún concejal (o técnico) pueda rechazar. Necesitamos, además, nuevas ideas, abrirnos a escuchar aquello en lo que no nos hemos parado a pensar. Las conversaciones con los extraños son ahora más necesarias que nunca: lo que opinan nuestros conocidos ya lo sabemos y no parece que en esas charlas consigamos romper rutinas. Ahora viene Palma del Río, luego Ciudad Rodrigo. En septiembre, Tàrrega. En noviembre, en Sevilla, Mercartes. Necesitamos oir hasta lo más disparatado, porque las certezas con las que trabajábamos hasta ayer nos están hundiendo irremisiblemente.
Jesús Rodríguez Lenin
editorial@elespectaculoteatral.es






