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El hereje, por Eduardo Galán

eduardo galánEl color de la cultura y el gasto público

Eduardo Galán invita en el siguiente artículo a desvincular la cultura de posturas políticas, amiguismos y derroches económicos. En su opinión, el sector –sobre todo sus dirigentes– debe trabajar en la racionalización del gasto público en las producciones escénicas, en presionar a los ayuntamientos a que paguen sus contrataciones en el marco de los 60 días que establece la ley, y en la aprobación de medidas gubernamentales que contribuyan a paliar los efectos de la crisis, entre otras medidas.

A un mes vista de las próximas elecciones generales y una vez instalados en sus puestos los responsables de las políticas culturales de ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas, me gustaría hacer una reflexión sobre la situación de la cultura y las artes en España y de las diferentes políticas culturales que podrían desarrollarse, en función de gobiernos y, sobre todo, de las personas que lideren dichas políticas. Vaya por adelantado que no creo en el color de la cultura como signo de identidad –es un tópico antiguo, trasnochado y demagógico-, sino en las capacidades, talentos, voluntad de diálogo e ideas de las personas que proponen y ejecutan las diferentes políticas culturales de nuestras administraciones.

En la actual situación de grave crisis económica debemos desarrollar la imaginación y el compromiso con las artes y la cultura, no solo como signo identitario (ya sea de la identidad de las comunidades autónomas o del conjunto de España como cultura de culturas), sino sobre todo como defensa del empleo estable. La imagen de un país, de un pueblo (o de suma de pueblos, si se prefiere), la imagen de España en el extranjero, no se promociona solo con el deporte. Es imprescindible que la cultura española pueda ocupar un lugar de prestigio en las artes internacionales. Y para ello es necesario planificar un programa de colaboración leal entre las diferentes administraciones y las distintas iniciativas privadas. La creatividad no debe depender de la arbitrariedad del poder, sino que debe crecer en libertad desde un marco de fomento –y no de protección– de la cultura.

La cultura no tiene color. Tiene talento o no lo tiene, tiene excelencia o carece de ella, tiene promoción o se abandona a su suerte. La cultura de un pueblo depende no solo de los creadores, sino también de la voluntad política de sus dirigentes de promover la creatividad allá donde se halle o de "vender" mitos, nombres, popularidad… El tejido de la creatividad requiere de los gestores y políticos una reflexión profunda. ¿Qué modelo cultural queremos para nuestro país? ¿El del despilfarro de los "favoritos" de los medios de comunicación (también de los dirigentes políticos) o el cultivo decidido de los tejidos industriales de la cultura y las artes? Las políticas son diferentes. Y no necesariamente unas responden a planteamientos de izquierda y otras a planteamientos conservadores o liberales. Dependen en gran medida de las personas que ostentan durante un período de tiempo las responsabilidades políticas en las áreas de cultura.

La cultura no tiene color, no debería tenerlo, pero tiene amigos y gastos suntuosos. Todos deberíamos acabar con prácticas escasamente democráticas. Los que tienen la responsabilidad de aprobar el gasto y los que tenemos la oportunidad de no aplaudir y denunciar la falta de austeridad y de rigor cuando ello sucede. ¿Es admisible, por ejemplo, que en tiempos en que se recortan las subvenciones en más de un 30% veamos producciones públicas de costes inimaginables? ¿Es que algunos tienen licencia para despilfarrar el dinero público?

No obstante, es cierto que muchos ayuntamientos han disminuido sus gastos en festivales programados con producciones extranjeras difíciles de costear hoy en día o en la exhibición de producciones propias. Pido racionalización del gasto público, pido que las administraciones se comprometan a no gastar más de lo que ingresan, que paguen sus facturas pendientes y que paguen las nuevas actuaciones en el plazo máximo que marca la Ley (60 días).

Hay que terminar con las prácticas abusivas. Para ello es necesario que el Gobierno de España –el nuevo, el que obtenga el apoyo mayoritario de los españoles– y los gobiernos autónomos no permitan el retraso en el pago de las actuaciones. Pueden hacerlo.

Afortunadamente, también son muchas las administraciones y responsables de espacios escénicos públicos que están dando una muestra de honestidad y eficacia. Son muchos los que programan de acuerdo con sus posibilidades económicas y pagan en el plazo legal o advierten del retraso en los pagos. Es la hora del compromiso de todos. Es necesario que el nuevo Gobierno de España acometa las reformas del gasto en la cultura, promoviendo las ayudas reintegrables, una ley de mecenazgo eficaz y el apoyo de ferias, festivales y unidades de producción a las iniciativas privadas. Si no se quiere destruir la frágil industria de las artes escénicas y de la música, debiera buscarse un pacto de Estado entre el Ministerio de Cultura y las comunidades autónomas para transmitir confianza y liquidez al sector. El color de la cultura, en fin, ha sido la gran excusa que se han inventado algunos para justificar sus políticas económicas descontroladas y el abuso de poder. Pienso en SGAE. Pienso, perdón, en la SGAE dirigida por Eduardo Bautista. Los autores hemos padecido –según parece deducirse del auto del juez encargado del caso– una situación lesiva para los intereses de los propios autores. La connivencia del anterior Consejero Delegado de SGAE con el Ministerio de Cultura del último gobierno de Zapatero no ha contribuido a evitar la intervención judicial de la sociedad ni a modificar el desprestigio absoluto de SGAE y de todos los autores entre nuestros conciudadanos. No es bueno que SGAE haya comprado teatros, sociedades para gestionar su ARTERIA. Un fiasco económico, moral y ético. Una pésima imagen para los creadores.

Hay soluciones. Todas pasan por evitar los prejuicios de "colores" y por favorecer la colaboración entre administraciones públicas y empresas privadas. Todos unidos en la búsqueda de objetivos precisos: el fomento de la creatividad y del talento de los creadores de las artes, el desarrollo de los tejidos industriales y empresariales como elementos de consolidación de los fenómenos artísticos y de defensa del empleo, y una política de acercamiento a los aficionados a las artes, de eficaces acciones de captación de públicos. Estas políticas deben definirse en medidas y actividades concretas, unas medidas capaces de sostener el gasto público en inversión cultural (infraestructuras y actividades), de operar desde la austeridad, al tiempo que logren incentivar las producciones artísticas y obtener la respuestas activas de los diferentes públicos.

Eduardo Galán

elhereje@elespectaculoteatral.es

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