Tiempo vitalpor Susana Sánchez
Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y en Dramaturgia por la RESAD, Susana Sánchez compagina su trabajo como periodista cultural y guionista ("Autoindefinits", de Canal 9; "A ver si llego", de Tele 5; "Carne cruda", de RNE3) con la escritura de textos teatrales ("Zaturecky", "La vida de Bin Laden" o "Siempre fiesta"). En 2006 fundó junto a Ismael Moreno la compañía Clan de Bichos, en la que además de representar sus textos ("¿¡Qué mosca te ha picado!?", "¡Tú la llevas!" o "2015 Tiempo vital"), desarrolla su faceta de actriz, titiritera y letrista de las canciones de sus espectáculos. Además imparte talleres de "Teatro y las nuevas tecnologías como herramientas de sensibilización social".
AAdolescentes. Franja de edad que aterroriza a padres, profesores y ¿teatreros? Abunda el teatro para bebés, teatro infantil, teatro para público adulto… pero el "teatro a partir de 12 años" es escaso y no despierta el interés de las grandes compañías, ni públicas ni privadas. En un país donde la educación secundaria tiene un nombre tan ambiguo como ESO, ¿qué ofrece el teatro español a este público complejo y respondón, obsesionado por la imagen y la aceptación del grupo? ¡Quién fuera Facebook para saberlo todo de ellos! ¡Ah, quién pudiera hacer, volar, ser siempre un teatro adolescente!
Tus papás te llevan al teatro hasta que cumples los 12; luego, tú pasas porque estás liado con los porros y las pajas, y el insti como mucho te lleva a ver un clásico barroco con exceso de verso y terciopelo que te deja aún más loco de aburrimiento y ansioso de nintendo. Desapareces como potencial espectador y te conviertes en una especie de público limbo del que no sales hasta que se le acabe el sufijo teen a tu edad en inglés. Y eso que parecía que te estaban formando como espectador teatral, con tanto cuentacuentos, payasos, títeres y demás espectáculos especializados. ¡Oye, que hasta se ha patentado un teatro para bebés de 0 a 3! Pero tú, que tienes quince cual Romeo o Julieta, estás abocado al cine de zombies y tetas, burguer y botellón.
Con Clan de Bichos, Ismael Moreno y yo hemos realizado diversos montajes supuestamente destinados al público infantil. Y lo digo así porque no nos va mucho lo de clasificar el teatro por edades, será porque entre los dos sumamos 80 años y nuestro programa favorito sigue siendo Barrio Sésamo. Pero en 2009 recibimos un encargo brutal: una obra realizada expresamente para público adolescente, entre 12 y 18 años, Secundaria y Bachillerato, sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Bagatelas: acabar con la pobreza extrema, educación primaria universal, igualdad de hombres y mujeres, disminuir la mortalidad infantil, la mortalidad materna y las enfermedades infectocontagiosas, proteger el medio ambiente y lograr una alianza mundial a favor del desarrollo de las naciones más desfavorecidas. Nuestro primer objetivo fue otro más: enganchar a los adolescentes por el corazón, el cuello y los güevos.
Nuestra fórmula es más compleja que la de la coca-cola, ahí van los ingredientes pero no las cantidades: 1.- HUMOR como herramienta genial para aflojar al espectador, y es que nada les gusta más a los adolescentes que hacer el tonto. Descubrimiento del sexo aparte, claro. Yo jamás me he reído tanto, y de cualquier cosa, como cuando tenía 14 años. ¿Que les pone "Muchachada nui", nuestros Monty Phyton castellanos? Pues vamos a darles absurdo y surrealismo, que nuestro teatro es Mihura, Jardiel, Tip y Coll y también Clan de Bichos. 2.- AUDIOVISUALES: cortos de 3 minutos, que más tiempo atentos no aguantan, salpicadura paródica y rabiosa de imágenes para el púber adicto hijo del zapping. 3.- MÚSICA: igual da rock & roll, que hip hop, rap, tango, pop, copla o house; pegadiza, original, a todo volumen y en vivo y en directo, que esto no es tele.
Pero más allá de la risa, esa risa irónica que ofrece una reflexión seria y que por contraste golpea más hondo, más allá de la tecnología integrada a la escena, de los vídeos y el chunta chunta, de romper la cuarta pared y pegarles zapatilla y espada láser triunfadora en mano (aquí no hay ninguna metáfora, les pegamos de verdad) lo que más agradecen, lo que más les seduce, lo que más aplauden es vernos morir en el escenario, actuando desde el filo, sin red, porque para ganarse su respeto hay que darlo todo y mojarse hasta el fondo y con sudor: el ACTOR que se deja la piel ante ellos, con ellos, por ellos. El público adolescente, si la entrega es grande, sucumbe como ninguno a los encantos dramáticos y ganarse su respeto y admiración es un verdadero gustazo.
Porque los adolescentes van volando, tienen de todo y se aburren rápido y con razón: asimilan la información de decenas de canales, navegan en la web, se chutan con facebook, twenty y twitter, se bombardean con sms, ganan maratones con la wii, ¿y luego les viene un profe o un teatro con un discurso lineal y aristotélico, que lo mismo les da que sea Conocimiento del Medio que Hamlet? A mi hijastro Lautaro, pues tengo la suerte de ser madrastra además de madre, varios profesores le han prohibido consultar Internet. El chico, que tiene trece años, está aprendiendo a tocar la guitarra con un profesor virtual y lo hace muy bien. Y es que, por si no lo saben, la película favorita de todos ya no es "El club de los poetas muertos" sino "La red social".
Hay una clave común a los adolescentes de todos los tiempos: la curiosidad. Presumen de saberlo todo, están ávidos de nuevas experiencias y sensaciones y ya no quieren pedir permiso. En mis talleres para docentes sobre el teatro social y como herramienta de sensibilización les advierto: ya sabemos que todos los adolescentes de todas las épocas han sido más o menos rebeldes, más o menos pasotas, estarán más o menos salidos, pero esta generación de adolescentes es única en toda la Historia de la humanidad por dos motivos: 1.- Tienen a su disposición alta tecnología: cualquier niño tiene en su móvil una cámara digital de alta definición, algo que hasta hace nada sólo tenía James Bond. 2.- Capacidad de difusión a nivel planetario. No hace falta ni ser mayor de edad para llegar con cualquier tipo de mensaje al otro lado del mundo. Nosotros, los teatreros que hacemos espectáculo, que buscamos los resortes para conmover, que somos el espejo de nuestra sociedad para intentar su mejora, tenemos que espabilar si queremos estar a la altura de esas criaturitas que usan y abusan diariamente de unos medios de comunicación propios de una ciencia ficción que ya está aquí y ahora.
Con "2015 Tiempo vital" hemos representado más de 100 funciones ante más de 25.000 adolescentes, en todo tipo de teatros y centros: desde institutos públicos de barrios humildes hasta colegios privados de corbata a juego con los calcetines. Y de punta a punta del país: pa arriba y pa abajo desde Santander hasta Lepe. Nos ha pasado de todo: en un IES de Móstoles, la orientadora, al terminar la función, nos confesó aliviada: "¡Qué bien ha salido, menos mal que no ha pasado nada!". "¿Cómo que no ha pasado nada?". Y ella: "Es que había dos chicos que acabábamos de expulsar durante dos semanas porque tuvieron una pelea con sangre hace días, y lo último que hacían antes de irse era ver vuestra función". ¡Pues menos mal que no ha pasado nada! O mejor dicho, que sí ha pasado y mucho: unos 200 jóvenes acabaron en pie cantando, aplaudiendo, bailando y pidiendo ¡otra, otra, otra!. A la salida uno de ellos, supermacarra, mano en moto, nos increpa con el pulgar hacia arriba: "¡Eh, máquinas, que sois unos máquinas!...." Uf, ¿se puede pedir más? Sí, los adolescentes siempre piden más. Sus temas no son sólo el bullying. Les puede interesar cualquier cosa, pero según cómo se la cuentes. No les abandonemos: vamos a dárselo todo con nuestro teatro.







