DIVERSAS PUNTUALIZACIONES Y MATIZACIONES PROFESIONALESpor Ángel Luis Yusta
Ángel Luis Yusta debutó como actor protagonizando junto a Alberto Closas, Mari Carrillo y Victoria Vera la obra teatral de Antonio Gala "¿Por qué corres, Ulises?". En total, y siempre en papeles protagonistas, ha intervenido en más de 70 montajes teatrales de distintos géneros. Es también director y autor de diversas obras, entre las que destacan "Historia de Madrid" o "Amor con humor", y dirigió entre 1990 y 1992 los cursos de verano dedicados al teatro profesional de la Universidad de Alcalá de Henares. Además en 1979 fundó, junto a Tania Ballester, Producciones Quijote, compañía a través de la cual sigue volcado en el mundo del teatro.
En la línea de mi artículo de opinión, publicado en el número 53 de la revista, correspondiente a los meses de julio/agosto de 2010, y siguiendo la coherencia personal y profesional que me caracteriza contra viento, marea, partidos políticos, arribistas y demás durante toda mi vida, ya que veo, repasando hemerotecas, que como titulaba el mencionado artículo, pasan los años y el futuro del teatro (no el hecho cultural de las representaciones sino las distintas políticas culturales) siguen siendo sólo palabras, me veo en la obligación moral de responder a dos artículos, una entrevista y el anuncio de una nueva producción privada realizada por un cargo público, y a expresar, como socio, mi opinión sobre la SGAE.
Llevo años denunciando privada y públicamente (lo que me ha condenado al ostracismo en los teatros públicos que dirigen los denunciados) ante los profesionales y ante los dos principales partidos políticos de nuestro país, que es inmoral y debería ser ilegal (quizás sería más lógico invertir el orden), que un cargo público cuyo nombramiento ha sido designado "digitalmente" o mediante concurso a la medida, mientras ocupa dicho cargo y su sueldo sale de presupuestos públicos, se dedique a producir, distribuir y representar sus propios espectáculos o los de sus parejas sentimentales o amigos. Existen un buen número de cargos políticos, directores, responsables de programación de espacios públicos, que han creado su propia empresa privada, y favorecidos por el círculo impenetrable creado por ellos mismos para contratar lo que a ellos les apetece sin dar oportunidad de que en sus municipios puedan trabajar otros profesionales distintos a los que ellos protegen, y que en muchos casos llevan años y años (algún mérito tendrán para mantenerse pese a todo) sobreviviendo a los distintos directores y programadores.
Sé que en una sociedad, supuesta y teóricamente, libre como la nuestra no se puede negar a nadie el derecho de crear una empresa, pero ¿es moral (sé que sí es legal) que personas que, cuando han sido nombrados para determinados cargos políticos o cuando han accedido a la dirección de un teatro público no se dedicaban a la producción, distribución y representación teatral, y desde su cargo o al cesar en él, monten su empresa y se beneficien del mismo, de sus favores y de sus conocimientos? Pues esto lleva años pasando y la profesión teatral y los políticos cierran los ojos y se tapan la nariz. ¿Será quizás porque los que pueden hacer frente a estas situaciones también se benefician de ellas?
El segundo punto al que quiero responder, matizando mis respuestas, es acerca del artículo de Xavier Marcé "Sobre Teddy Bautista".
Manifestando, primeramente, mi tristeza personal por los acontecimientos que rodean a Teddy Bautista, dada mi amistad con él desde hace treinta años y reconociendo públicamente el afecto que le profeso (sin que esto signifique que si se demuestra su culpabilidad en algo se le castigue como merece) y mi desolación profesional por una Sociedad de Gestión de la cual soy socio número 28.281 (y somos 94.000), lo que da idea de mi antigüedad en la misma, quiero manifestar que también opino como Marcé, que a pesar de todo los méritos de Teddy son innegables y los desaciertos también.
No puedo estar de acuerdo, sin embargo, porque lo he vivido (y apelo a mi antigüedad) en que antes de Teddy nuestra Sociedad fuese "...arrogante, franquista e integralmente corrupta".
Soy socio desde muy joven y acudía con frecuencia por curiosidad y obligación, a la sede de Fernando VI y a las oficinas de la de calle San Mateo, y jamás observé hacia mí ni hacia nadie comportamientos ni signos de arrogancia y chulería, como también dice más adelante, al contrario, notaba y veía una amabilidad y un trato de compañeros (conviene recordar que contrariamente a lo que ha venido sucediendo después, la mayoría de los trabajadores de la Casa eran también autores y familiares) que poco a poco fue perdiéndose cuando estos se fueron jubilando y sus puestos fueron ocupados por personas ajenas, en muchos casos por méritos políticos, personales y profesionales. Por este orden.
En cuanto al descalificativo de que era una Sociedad franquista, convendría saber a qué época se refiere el señor Marcé, porque debido a mi edad –y creo que andamos año arriba año abajo– yo no lo pude comprobar o no me daba cuenta de ello, pero en cualquier caso, supongo que igual de franquista que eran el resto de sociedades y empresas españolas, ni más ni menos. Incluso, me atrevo a asegurar que menos que otras empresas y sociedades cuyos responsables –fervorosos franquistas– corrieron rápidamente a echarse en brazos de Gobiernos socialistas. Y en lo referente a calificar a la entonces Sociedad General de Autores de ESPAÑA (eso significaba la E, y para escapar del yugo de los editores la crearon en 1899 los autores, por lo que en el debe de Teddy y sus distintos consejos de administración está el habérsela entregado a los editores, que eso significa ahora la E, Sociedad General de Autores y EDITORES) de integralmente corrupta, me gustaría conocer los motivos que aduce Marcé y las pruebas que puede aportar para acusar tan libremente, y si los expone y demuestra –si no han prescrito– seré el primero en acompañarle al juzgado, para denunciar a los responsables que continúen vivos. Pero si no tiene pruebas, no puede acusar a los autores que tanto aportaron y tanto se sacrificaron por nuestra Sociedad, tan alegre y ligeramente de corruptos. Es más, si yo fuera alguno de aquellos responsables o heredero de ellos, me querellaría contra Marcé si no demuestra con pruebas y hechos sus graves acusaciones.
Sin embargo, estoy de acuerdo en que Teddy lideró un proceso de modernización (y no me refiero a las controvertidas y costosísimas obras del Palacio de Longoria promovidas por él) y una profunda transformación en la cultura de los derechos de autor, que es lo positivo, para transformarse en un Ministerio en la sombra, que es lo negativo. Totalmente de acuerdo, también, en que la SGAEditores, ha tenido siempre un enorme problema de comunicación. Por el contrario, pienso que Arteria ni fue nunca buena idea, ni entraba en los cometidos de nuestra Sociedad de Gestión. Se ha demostrado que no se han dilapidado miles de millones (que debían haber sido distribuidos entre los socios) por y para ayudar a los autores, sino como fórmula de enriquecimiento personal y funcionando comercialmente más "leoninamente" que aquellos empresarios privados de teatros, ya desaparecidos por el entramado político-cultural actual, con los cuales se trataban las condiciones de contratación a un determinado tanto por ciento de la recaudación (siempre mayor porcentaje para las compañías, además de dietas de viaje), mientras que Arteria directamente se quedaba con los primeros miles de euros de recaudación y luego se hablaba del resto (si quedaba).
Y por último, debo reprocharle a mi amigo Teddy que sólo se preocupara de las recaudaciones de los músicos y de combatir la piratería musical, y que jamás le haya preocupado y nunca se interesase por los autores dramáticos. No traiciono a nadie puesto que llevo muchos años denunciándolo privada y públicamente y a los propios señores Teddy Bautista y Santiago Moncada (cuando antes de ser nombrado director de la Fundación Autor era Vicepresidente encargado de dramáticos) les he aportado informes y trabajos personales, demostrándoles con cifras, fechas, nombres, etc., la piratería teatral existente, consentida y auspiciada por la propia SGAE y por distintos y numerosos organismos y administraciones públicas. Personalmente les reproché en varias ocasiones su celo por las recaudaciones musicales y su desidia hacia las procedentes de dramáticos, algo comprensible en Teddy pero inexplicable en Moncada, y más cuando les demostraba las representaciones que se realizan por toda España por compañías de falsos aficionados, que cobran dinero público y que ni tan siquiera solicitan el permiso de autor para sus representaciones, y que en la gran mayoría de los casos suponen una competencia desleal, consentida, hacia las compañías profesionales (existen grupos aficionados que representan la misma obra que una compañía profesional y la ofrecen –generalmente en su Comunidad Autónoma– a menor precio). Vuelvo a reiterar, para que quede clara mi postura: Toda clase de facilidades para que los grupos aficionados (aficionados de verdad, los de afición, no los que reciben remuneración por sus actuaciones) realicen sus montajes, pero el dinero público debe destinarse única y exclusivamente a los profesionales.
Por tanto, reitero que esto debe quedar para siempre en el debe de Teddy. Como debe anotarse en su debe, y en letras bien negras de su gestión, el cambio de los estatutos para convertir la Sociedad en un sindicato vertical, y ¡la supresión del derecho a voto! de cada uno de los socios, para hacerlo en función de los ingresos. Quizás sea este el comportamiento franquista al que se refiere Marcé en su artículo y se ha equivocado de fechas al denunciarlo. Y en cuanto a la gestión de la Fundación Autor, mejor no hablar, pero sí manifestar que si el director que ha llevado a la ruina a esta Fundación preside por mucho tiempo nuestra Sociedad, podemos fácilmente adivinar su futuro.
En cuanto al señor Eduardo Galán y acerca de su artículo titulado "El color de la cultura y el gasto público", reafirmarme en lo que ya escribí en mi artículo mencionado al principio, pero como él sigue insistiendo en lo que se debería, debe y deberá hacerse con el dinero público y la cultura, pues a mí no me queda más remedio que seguir diciendo lo mismo: Las lecciones de liberalidad, justicia, equidad e independencia las podemos dar los profesionales que ¡jamás! hemos ocupado "digitalmente" un cargo público, ni hemos cobrado ¡jamás! sueldo público ninguno por la designación de dicho cargo cuando un determinado partido político ha llegado al Gobierno, ni seguimos ocupándonos (desconozco si cobrando o no) de trabajar para ese mismo partido en el poder autonómico, ni ocuparemos cargo público alguno cuando, presumiblemente, vuelva al poder el partido de la oposición.
Cierto que la cultura no debería tener color, pero se lo dan con brocha gorda, las personas que se benefician de su militancia o colaboracionismo político, y luego pretenden dar clases de ética.
Y por último, expresar mi opinión sobre las manifestaciones que realiza Mercedes Lezcano en la entrevista que le realizan en el último número de su revista. No entiende la viuda de Adolfo Marsillach "como al espectáculo que se le subvenciona, no se le ayude en la distribución, es como tirar el dinero". Es lógico que piense así, porque si además de recibir subvenciones públicas para su producciones, se le ayuda en la distribución, es decir, se le contrata, todo resulta más fácil ¿no? se recibe subvención doblemente. Pero ¿qué podemos pensar los profesionales que ni tenemos subvenciones ni se nos ayuda en la distribución? ¿Qué podemos pensar los profesionales que en cada nueva producción arriesgamos nuestro dinero e invertimos en un nuevo proyecto, que ya sabemos que al no contar con subvenciones públicas y no poder exhibir los logotipos oficiales en nuestra publicidad no vamos a poder distribuirla (esto quiero decir que no vamos a poder trabajar) en las Redes de Teatros Públicos?
Si lo he entendido bien, lo que hay que hacer es subvencionar determinados espectáculos y además distribuirlos. Pero además, que se siga haciendo como hasta ahora: No por méritos profesionales sino por el artículo 33 y por el gusto, amistad, conveniencia, militancia... de los que deciden de manera arbitraria. Vuelvo a denunciar por enésima vez (aunque es clamar en el desierto porque los que podrían arreglar esto –si fueran los perjudicados– son los que se benefician) el funcionamiento de las subvenciones y las Redes de Teatros.
No creo en las subvenciones a fondo perdido. Eso sí es tirar el dinero. Son arbitrarias, partidistas, en muchos casos injustas, y desde luego fomentan el dirigismo, el clientelismo y el amiguismo. Son puro politiqueo. Por el contrario (tanto el Partido Popular como el Partido Socialista tienen escritos míos desde hace veinte años criticando las subvenciones, aunque al parecer a ninguno le interesa cambiar esta política cultural de pesebre) creo en préstamos en condiciones especialísimas de financiación, que se devolverían en las condiciones que determinaran los resultados artísticos y económicos de la producción para la que se hubiera otorgado dicho crédito. De esta forma todos partiríamos en igualdad de condiciones y todos podríamos ofrecer de manera realista las condiciones de contratación y representación en los distintos teatros.
Y en cuanto al funcionamiento de las Redes de Teatros Públicos (el noventa y nueve por ciento de los existentes en España) yo, que como profesional he vivido la creación y desarrollo de todas ellas, puedo decir que, en general y excepto honrosas excepciones, son un nido de colocación de militantes y amigos, y un foco de intereses, partidismo y dirigismo. Su funcionamiento no puede ser más antidemocrático, ya que unos pocos (nunca más de seis o siete, aunque existen casos de tres para Redes con decenas de espacios públicos) deciden lo que el resto de municipios de su comunidad autónoma tienen que contratar, y que suele, generalmente, ser lo que a ellos les gusta o en lo que ellos tienen interés. Ya sé que se podrá argumentar que los teatros también pueden contratar espectáculos fuera del tinglado y al margen (nunca mejor dicho, pueden contratar a los marginados) de las Redes. Claro que sí. Pero con una clara diferencia: Si contratan un espectáculo elegido por la Red, se les financia entre el 40 y el 70 por ciento del coste, mientras que si lo contratan privadamente lo tienen que asumir en su totalidad. ¡Viva la igualdad!
Llevo clamando y pregonando desde la creación de las innecesarias e inútiles Redes de Teatros, que para la distribución y contratación de los espectáculos no son necesarias tantas personas, tantos medios y tanta parafernalia, bastaría con que los distintos responsables de los teatros y espacios públicos se pusieran de acuerdo entre ellos para contratar un espectáculo en varios y distintos lugares de su comunidad autónoma o provincia. Además, lo contratarían a su precio real y no por el que cuesta en las Redes. Los resultados serían mucho mejores para todos –teatros y compañías–. Pero este cambio en las Redes y su funcionamiento democrático (su desaparición sería lo deseable e higiénico) sólo pueden hacerla los responsables de los distintos teatros integrados en ellas y que nunca tienen opinión. ¿Por qué no puede elegir cada municipio la compañía y el espectáculo que quiere programar en su teatro? ¿Será porque algunos directores o programadores no entienden nada y hay que decirles lo que es bueno y lo que es malo (maniqueísmo se llama esta figura), lo que conviene o no conviene, como me dijo privadamente el responsable máximo de una importante Red? Muchas compañías han desaparecido. Muchos profesionales han tenido que desistir en su empeño de realizar una producción. Pero él/ellos siguen ahí, ejerciendo de dioses intocables y poderosos, con el dinero público y jugando con el pan de los profesionales.







