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La Técnica, instrucciones de uso,
por Jordi Planas


isidro rodríguez gallardoHe tenido un sueño… Pero ha sido una pesadilla

En mi sueño me veo en un futuro próximo. Nuestra profesión sigue siendo esencialmente la misma: nos ocupamos de los aspectos técnicos de la representación escénica. Miro hacia atrás y veo que no sólo la tecnología que utilizamos ha cambiado a gran velocidad. Un nuevo contexto económico y social enmarca nuestro trabajo.



En realidad no podemos quejarnos. Nos encontramos concentrados en la plaza y sólo unos pocos afortunados seremos escogidos para realizar el montaje del espectáculo en gira. No nos pagarán gran cosa y no tendremos contrato, pero ya se sabe, mejor eso que nada.

La compañía ha estacionado los camiones en el espacio previsto para la representación y hemos empezado el montaje bajo el sol. Trabajamos descalzos mientras las superficies metálicas calientes por el sol nos abrasan los pies. Por la noche dormimos al pie del escenario. Si bien atrae a gran cantidad de espectadores, la presentación no es brillante. Aunque con formato de espectáculo, no es más que la gira de promoción de una multinacional de las telecomunicaciones.

Han cambiado las reglas del juego. Ahora ya no salimos a reivindicar la seguridad en el trabajo sino la simple existencia del mismo. Nos encontramos en un contexto de precariedad extrema en el que todo vale.

Me despierto y respiro aliviado. La pesadilla ha pasado. A pesar de ello, tomo conciencia de que la sociedad que hemos construido está cambiando. Quizá mis cada vez menos incipientes canas me impiden ver con claridad que la evolución es hacia mejor. O quizá no. Tal vez sigo anclado en un determinado esquema de valores que definitivamente ha pasado de moda. O tal vez no. No consigo diferenciar este mal sueño de la realidad de una gira recientemente realizada de promoción de una multinacional telefónica de matriz europea por un país del Magreb. ¿Serán estas las condiciones de trabajo futuras?

Me llegan ecos de que se pretende aprobar una ley que va a restringir el papel de los sindicatos y de los convenios colectivos en las relaciones laborales. El argumento que utilizan es que vamos a recuperar el sacrosanto derecho de negociar "libremente" –cada uno a solas con su patrón– las condiciones de trabajo. Podremos así hacerlo lejos de las "imposiciones" de los sindicatos y los "corsés" de los convenios colectivos.

Tampoco consigo diferenciar este mal sueño de la realidad. Nadie parece recordar en qué condiciones se desarrollaba el trabajo de nuestros bisabuelos en las fábricas de principios del siglo XX, ni cómo les va, aún hoy, a nuestros colegas del Magreb. Parece que se ha instalado la idea de que quien se dedica a las artes escénicas está condenado a la precariedad laboral de por vida. La desunión de los técnicos sigue siendo real y ellos, como los artistas, sufren las consecuencias.

Me encuentro en unas jornadas relacionadas con el medio profesional. Un sesudo profesor lleva una hora exponiendo las "innumerables ventajas" de la privatización de la gestión de los espacios públicos de programación. Dice que lo público es ineficaz, que se encuentra pasado de moda y que es mejorable. Hay que privatizar. En el turno de palabra, un asistente le pregunta sobre las cifras, estadísticas y datos científicos sobre los que se basan las conclusiones de su exposición. La respuesta, –en su descargo hay que decir que sincera–, es que no se trataba de un estudio profundo. Simplemente recoge aquello que sus amigos "le han dicho". Poco importa, al parecer, que se presente bajo el amparo y la forma de un estudio universitario. No es más que una opinión. Aunque, claro está, llena de razones que los demás desconocemos. Sólo cabría preguntarle si no tiene amigos en la Administración Pública que le cuenten lo contrario.

No consigo diferenciar este mal sueño de la realidad que viví hace apenas unos meses. Hay quien tiene en las leyes del mercado su religión y hace de la economía su teología. Tiene la certeza del dogma y cualquiera que ose manifestar opiniones discrepantes es tachado de hereje. No negaré que lo público, además de no estar de moda, tiene dificultades y problemas, entre ellos una cierta ineficiencia en algunos aspectos. Sin embargo, la comparación entre público y privado con las mismas herramientas no deja de ser una falacia interesada. Al hacerlo renunciamos a la política para convertirnos en gestores económicos y nos deslizamos hacia una visión economicista del papel de la cultura en la sociedad. Y siempre he pensado que, justamente, la sustracción de las leyes del mercado de la "industrias culturales" es la única manera de garantizar su papel en la sociedad como vehículo de la expresión cultural. ¿Por qué privatizar en lugar de simplemente mejorar el funcionamiento del sector público?.

Malos tiempos aquellos en los que quienes se han presentado y han sido elegidos para gestionar lo público declaran que no son capaces de hacerlo. La respuesta que nos dan al problema de la eficiencia de la Administración Pública no es otra que cortarle la cabeza al niño cuando le duele.

Un periódico publica una entrevista con el consejero de Sanidad de mi Comunidad Autónoma, quien, perdiendo una muy buena ocasión de callarse, se expresa en los siguientes términos: "Si quiere estudiar filología clásica por placer, se lo tendrá que pagar usted. El Estado tiene que facilitar las cosas a quien quiera estudiar por razones de mercado". Ya se ve cómo lo que no produce directamente réditos económicos es absolutamente prescindible, inútil, un lujo para sociedades ricas. La consejera de Educación y el consejero de Cultura del mismo gabinete, ocupados en sus propios recortes, no tienen nada que decir al respecto.

Tampoco consigo diferenciar este mal sueño de la realidad que leo en los periódicos. Finalmente nuestro protagonista ha aplicado fuertes recortes a la Sanidad, (que al parecer no es prescindible); dispone de clientes cautivos (enfermos) y da buenos réditos a las empresas privadas en las que desea reconvertir el sistema de salud. Eso sí, previa incentivación del "espíritu emprendedor" (sic) de los médicos en busca de la rentabilidad económica. ¿Cuánto espíritu emprendedor se nos exigirá al sector de las artes escénicas? ¿Se debe incentivar la cultura o al "emprendedor cultural"?

Ya ven que últimamente duermo muy mal y tengo pesadillas. Con ellas podría escribir cientos de páginas. Lo malo es que ya no distingo la vigilia del sueño. Sueño despierto que nuestros creadores vuelven a tener el peso social de antaño. Que cuando la sociedad les necesita saben ser ese espejo que les devuelve la imagen. Que defienden orgullosamente un sector en absoluto prescindible y solidario. Que saben utilizar su arte para transmitir ideas, para movilizar, para cambiar la sociedad, para…

No duden que si en ese empeño les hace falta un micrófono; un foco; maquillaje o la concurrencia de un técnico, cualquiera que sea, allí estaremos algunos arrimando el hombro.

Jordi Planas
latecnica@elespectaculoteatral.es

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