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Elecciones locales y cultura Votar o no votar:
esa ya no es la cuestión
laultima@elespectaculoteatral.es
Las elecciones locales son una excepcional ocasión para que los ciudadanos y las organizaciones culturales den su opinión sobre el trato que la cultura recibe de la política. Nuestro colaborador, Robert Muro, expresa en esta ocasión sus dudas de que el voto sea suficiente e incluso útil ante un proceso electoral que anuncia en lontananza más y peor de lo mismo.
Es la primera vez que menciono desde mi columna un editorial de esta revista, en concreto el del pasado numero, claro. Lenin lo titulaba "Un cambio de sistema imprescindible", aludiendo a que la acumulación de corruptelas, incompetencia y defectos estructurales del sistema solo deja como vía de superación un cambio profundo, radical, que siente las bases de un nuevo modelo de hacer política, en general, y política cultural en particular. Un modelo en el que quienes accedan a la tarea de gestionar el común asuman que es una tarea de alta responsabilidad en beneficio de la mayoría, nunca en el propio. He visto lograr objetivos más difíciles que este, pero ninguno que tuviera que ver tanto con la calidad del ser humano. De ahí mi escepticismo en lograrlo a corto plazo, aunque asuma plenamente buena parte de los postulados "leninistas".
Estas elecciones locales de mayo son un buen momento para reflexionar, tal vez para que unas cuantas voces más digan ¡basta¡; quizás para que algunas manos más den un golpe sobre la mesa; para acumular fuerza para el cambio, en fin. Lo que parece obvio es que el simple y grandioso hecho de meter una papeleta en una urna se muestra hoy como insuficiente para alterar la marcha de la cultura, tratada de un modo tristemente similar por los dos grandes partidos. Por eso el objetivo de estas líneas no es esbozar unas reivindicaciones útiles para elegir el voto. Las preocupaciones de los partidos políticos están tan alejadas de la cultura y de quienes hacen cultura que si tuviera que recomendar algo me orientaría hacia dar la espalda a los partidos –a todos ellos–. La cultura, quienes la hacen y sus destinatarios los ciudadanos, han visto la espalda de los partidos durante tanto tiempo que ofrecérsela a ellos, aunque sea por una vez, es una medida profiláctica elemental. Como si les pusiéramos el despertador, vamos, o les sacáramos la tarjeta roja. O el voto en blanco.
El que, además, las elecciones se produzcan en un marco en el que las políticas sociales están siendo demolidas –por un gobierno socialista–; en el que es tan obscenamente obvio que quienes crearon esta crisis están haciéndola pagar de nuevo a los humildes mientras ellos mantienen o incrementan su tasa de beneficios; en el que domina un exhibicionismo desaforado de los partidos por acceder al poder o por conservarlo a cualquier precio…, este marco, decía, exige a la Cultura, a quienes la hacen, los creadores, que asuman su papel histórico natural: ser la expresión ética –el grito ético– de un nuevo modelo de hacer política y política cultural.
He buscado los programas culturales de los grandes partidos y he encontrado generalidades de tal calibre que avergüenzan a quien las lee: es como si necesitaran tener las manos libres y para ello fuera necesario no decir nada. En otros casos, simple y llanamente no existen programas para el ámbito cultural, o al menos, a apenas un mes de la cita, no han sido publicados. En realidad, ¿para qué? Pero el análisis crítico y la queja ante esta situación no bastan, claro que no. Hace falta definir unas mínimas líneas maestras que unifiquen al sector y puedan transformarse en fuerza y movilización. Porque hoy la fuerza y la movilización parecen ser ya los únicos caminos. Y frente a los temores que paralizan a tantos y tantos trabajadores que prefieren seguir siendo maltratados por reivindicar sus derechos, en cultura sabemos que tenemos muy poco que perder ya, más allá de la dignidad. Y hoy, precisamente, la indignidad es el silencio.
Ya hemos hablado de las grandes líneas en que la transformación de la cultura ha de asentarse: democratización, transparencia, entrada de la sociedad civil en la gestión, incremento presupuestario... Y no es el lugar de desarrollar esas líneas. Tampoco es la ocasión para recordar que los incumplimientos en los compromisos de pago de los ayuntamientos están llevando a la ruina y al cierre a muchas empresas y organizaciones del sector.
Hoy, el silencio del sector, la incapacidad para mirar colectivamente más allá de los intereses de cada cual, la incapacidad para organizar una voz lo más unificada posible ante la situación es nuestro principal defecto. Porque hoy hace falta más que nunca menos queja y más presión, más movilización. Y esta es una responsabilidad de todos –individualmente– y de todas –las organizaciones, asociaciones, federaciones…–. Yo me apunto.
Y si la lucha, expresada en un programa de cambio de modelo apoyado masivamente no es posible, al menos que quede claro que no es con nuestra aquiescencia, que no queremos hacer "teatro", que no cuenten con nuestra complicidad para mantener un status quo que no solo no beneficia a los ciudadanos, a las organizaciones culturales y a la Cultura, sino que quiere utilizarlos para mantener incólume el modelo. La dignidad de la indignación.
Robert Muro
www.robertmuro.wordpress.com







