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La última, por Robert Muro

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robertmuroKilómetro Zero también para la Cultura

laultima@elespectaculoteatral.es

Algo grande parece haber cambiado con el estallido de dignidad expresado en la ocupación de plazas en diversas ciudades españolas. Muchas personas alzan organizadamente la voz y la cabeza. Nuestro colaborador, Robert Muro, aborda en este artículo cómo afecta el movimiento a la Cultura y qué puede hacer el sector cultural para aportar algo al movimiento.

Cuando escribo este artículo, la Puerta del Sol -¡qué bello nombre si lo piensas!- acoge todavía lo que tal vez sea el inicio de un cambio social relevante y perdurable. O al menos la expresión de la indignación dinámica, de la vergüenza acumulada por una situación social, política y económica que una parte considerable de la sociedad sufre herida y en silencio. Hasta ahora. Y ese pequeño cambio en los indignados –alzar la voz, hacerse sentir, organizarse– ha hecho temblar a los partidos políticos y a los medios, de un modo más duradero que el desgraciado terremoto de Lorca. Es tal la distancia de nuestros responsables políticos con lo que ocurre en la calle y en el corazón de las gentes sin poder que no consiguen entender este estallido que ha ocupado plazas en muchas ciudades españolas. Aparecen noqueados, groguis. Lo que está pasando y que venía cociéndose desde hace años, es que la brecha entre los que tienen poder y los que lo sufren se ha hecho tan enorme con la crisis que resulta ya difícil de salvar. Que las preocupaciones de las gentes están a años luz de las de quienes los gobiernan; que las formas de hacer política están viejas y que un voto cada cuatro años a cambio de que los ciudadanos se tapen la nariz a muchos les parece un timo. Yo lo vivo como una oportunidad maravillosa que me regalan los protagonistas del estallido de escuchar a esos millones de personas que tienen una mínima ración de futuro; de entender a los que sufren cuando deberían gozar de vivir, de solidarizarme con quienes lo precisan y porque lo deseo. No con los bancos ni con los malos gestores públicos, a la fuerza y porque me lo quitan del salario.
Me gusta ver cómo hay gente que busca flores debajo del asfalto. Me gusta que alguien –muchos– digan ¡hasta aquí!; me gusta que si una empresa con 10.000 millones de euros de beneficio plantea un ERE para prescindir de 5.000 trabajadores, escuche lo que nos parece a muchos: un robo, una desvergüenza cercana al delito moral.
Porque de eso se trata en el fondo, de construir una nueva ética en torno a la gestión de los intereses colectivos. Una ética que ilumine los muchísimos cambios imprescindibles para que los ciudadanos vuelvan a confiar en el sistema democrático. Profundas transformaciones que tienen que ver con cambios en la ley electoral; cambios que tienen que ver con la transparencia en la gestión; cambios que han de significar que la corrupción y los corruptos huelan mal no solo a los ciudadanos, sino a sus propios compañeros. Y lo paguen. Higiene democrática. Este movimiento ha coincidido con la radical derrota socialista en las elecciones del 22 de mayo. Pero somos muchos los que pensamos que el nuevo mapa local, y el previsible cambio cuando se produzcan las elecciones generales, no van a introducir grandes cambios para la cultura. Las políticas públicas en los tiempos de crisis han ido abandonado progresivamente inversiones y gastos culturales, dedicando el ahorro a enjuagar el déficit del estado y las instituciones regionales y locales, y las consecuencias de los abusos de la banca y el sector inmobiliario. La cultura, junto a otros ámbitos que afectan a la población, incluso todavía más relevantes, seguirá sufriendo recortes presupuestarios y la progresiva reducción de su perfil como servicio público. Por eso conviene no olvidar que las causas del estallido permanecen intactas, cuando no acrecentadas. La medicina preventiva consiste en no olvidar.
Porque la nueva situación, y fundamentalmente el nacimiento de un movimiento social crítico a las formas dominantes de hacer política, configuran un excelente marco y una gran oportunidad que el sector cultural tiene que aprovechar. Para definir el futuro que desea y para agruparse y constituirse como fuerza que acerque y acelere ese futuro.
Por una lado la definición del futuro deseado, o los cambios que el presente exige, que no son otra cosa que las líneas maestras de una política cultural sensata, sostenible, al servicio de la sociedad. Aquí entran cuestiones claves como las siguientes:

1. La financiación pública y privada de las artes y la cultura y en especial una nueva ley de financiación.

2. La definición de un nuevo modelo empresarial en las artes que al tiempo que satisfaga la necesaria rentabilidad de los promotores, atienda al carácter de servicio cultural que intrínsecamente posee y a los rasgos limitadamente lucrativos de la cultura.

3. Unido a este tema, hay que definir un nuevo modelo de mercado del arte y en particular de los espectáculos en vivo al mismo tiempo más abierto a la iniciativa privada y atento a su labor de servicio.

4. La instauración de normas de transparencia de obligado cumplimiento para las instituciones y cuantos concursos o cesiones convoquen, incluidos los contratos-programa.

5. La democratización, esto es, la reducción del poder político sobre la acción cultural y su traspaso progresivo a la sociedad a través de sus organizaciones soc iales.

Y por otro lado, la constitución como fuerza. Un sector organizado y con una sola voz. Cualquier primer ladrillo que vaya dirigido a levantar ese edificio será bueno. Hoy es más posible que ayer, al calor del impulso de cambio y de participación nacido en los últimos meses. La gente de la cultura de cada lugar debe poner en común sus ideas, sus preocupaciones, sus necesidades e inquietudes, reunirse, compartir, diseñar el futuro. Las asambleas habidas en tantos y tantos sitios al calor de la indignación son una suerte de ejemplo del que tomar nota. En fin, que como decía hace unos días en el blog: necesitamos nuestro kilómetro zero de la Cultura.

Robert Muro
www.robertmuro.wordpress.com

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