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Heteatrodoxias, por Xavier Marcé

xavier marcéSobre Teddy Bautista

Asentada ya cierta calma tras el escándalo que supuso el procedimiento judicial abierto contra la cúpula de la Sociedad General de Autores y Editores, con su presidente, Eduardo Bautista, a la cabeza, nuestro colaborador, Xavier Marcé, aprovecha para hacer balance de la trayectoria de esta entidad, de sus luces y sombras. Y fija su mirada en una de sus acciones más polémicas: la creación de la red de recintos escénicos Arteria.

Los méritos de la SGAE dirigida por Teddy Bautista son innegables, los desaciertos también. De una sociedad monopolística, arrogante, franquista e integralmente corrupta se pasó a una sociedad moderna, prescriptora, innovadora, no menos arrogante y probablemente (los jueces lo dirán) con algunas corrupciones.

Lo cierto es que la historia de la SGAE, como la de tantas otras instituciones periféricas del poder, lo cual significa poco transparentes y alejadas del control público al que se somete a las instancias centrales de la administración pública, está llena de episodios de trapicheo. La SGAE tuvo en su momento un inmenso patrimonio que fue desapareciendo a raíz de una gestión de dudosa honradez y también, hay que decirlo, de escasa eficacia empresarial. En medio del desastre y ante una Sociedad chulesca e impopular aparece Teddy Bautista, que lidera un proceso de modernización y sobre todo una profunda transformación en la cultura de los derechos de autor que sobrepasa el estricto ámbito de la sociedad para convertirse en un Ministerio en la sombra. Durante algunos años la SGAE se convierte en un compañero de viaje en multitud de proyectos innovadores, realiza funciones de suplencia pública en la ordenación del sector cultural, crea una base de datos que permite iniciar una primera serie de estadísticas culturales y coloca el cobro de los derechos en un espacio de normalidad impensable pocos años antes. En poco tiempo la SGAE pasa a ser una de las más importantes sociedades de gestión de derechos del mundo y por supuesto la referencia en el mundo latino, lo cual es de una importancia capital en los primeros momentos del tránsito digital.

Los cambios legales que liberalizan la gestión de derechos y la progresiva globalización de la cultura abren un debate en el cual, conceptos como sostenibilidad, competitividad y gestión del medio y largo plazo pasan de ser meras quimeras en el pensamiento de Teddy para pasar a convertirse en urgencias históricas. De pronto aparecen tres dinámicas que se suceden vertiginosamente marcando la evolución de la sociedad en los últimos 10 años: la posibilidad de crear centros de referencia en el ámbito de las nuevas tecnologías, la patrimonialización de la sociedad a través de la compra de espacios escénicos y por fin la voluntad de convertirse en operador privado aglutinando, como la paradoja de un futuro tan pensado como frágil, el inmenso caudal económico que aportaba el canon digital.

De la sociedad cómplice de la política cultural, quizá incluso de la propia política cultural, se pasa, sin apenas más fortaleza que la privilegiada mente de Teddy Bautista, a la empresa privada que compite dentro del sector y que opera en el mundo de los negocios culturales sin ningún pudor. Que el proceso tenía confusos compañeros de viaje es obvio, que era de dudosa viabilidad probablemente. De lo que no cabe ninguna duda, en cualquier caso, es que el proceso se dejó por el camino demasiados pactos y que rompió, desquebrajó, algunas reglas del juego.

La SGAE tuvo siempre un enorme problema de comunicación. Seguro que no es tarea fácil; algo así como convertir a un inspector de hacienda en el animador de una fiesta, pero trazar una fina línea separadora entre la gestión recaudatoria y la gestión de los equipamientos y los activos culturales, tiene el aroma improbable de cualquier buen oxímoron. La tentación estaba siempre al lado y pudiera ser que ciertas gestiones fueran de tan dudosa legalidad como de escasa ética y legitimidad.

Soy de los que piensa que Arteria es una buena idea. Por lo que se dice demasiado cara y por lo que sé de gestión incierta. Lo que en cualquier caso es indiscutible es que la utilización de recursos ajenos (en éste caso los provenientes de los derechos) para desarrollar políticas empresariales desprovistas de una marcada voluntad de servicio cultural (y entiéndase la palabra servicio en el contexto de las políticas sociales) es implícitamente polémico y en cierto sentido irresoluble.

De esta contradicción surgen los problemas de la SGAE. Una equívoca tendencia a considerar que la explotación de los derechos representados puede ser objeto de negocio más allá del servicio. En manos de gente poco formada y de dudosa ética una idea tan frágil puede acabar siendo denunciada por todo el ejército de enemigos que poco a poco se ha labrado la Sociedad.

Teddy Bautista probablemente es una víctima del síndrome del soñador despierto, el visionario que antepone la idea genial e innovadora a la gobernabilidad. En cualquier caso no le quitemos méritos demagógicamente y sobretodo no lo asociemos alegremente al chiste fácil que relaciona la necesaria lucha por los derechos con el inoportuno celo recaudatorio que persigue a la peluquería de la esquina. El tiempo lo pondrá en su sitio y le dará la justicia que se merece.

El canon digital morirá, pero el debate con internautas y asociaciones alternativas no puede reducirse a una lucha por la gratuidad de los derechos. Lo que se plantea es conceptualmente sencillo aunque técnicamente complejo: elaborar un nuevo marco para la defensa y la circulación de los derechos basado en los parámetros de una sociedad digital y no una sucesión de ajustes legales en una normativa general que se creó a finales del siglo XIX.

A corto plazo deberemos refundar la SGAE. Nuestro país no puede permitirse el lujo de gestionar sus contenidos culturales sin poderosas sociedades que los defiendan en la selva digital, a no ser que nos importe poco el predominio de las grandes multinacionales. Xavier Marcé

heteatrodoxias@elespectaculoteatral.es
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